Encuentro de Clubes de Lectura de la Axarquía – Benagalbón 2014.

El pasado viernes 26 de septiembre nuestro Club tuvo el honor de ser invitado al encuentro de Clubes de Lectura de la Axarquía malagueña celebrado en Benagalbón y organizado por Enrique, bibliotecario de dicho pueblo. En memoria de parte de lo que allí sucedió, un noctiluco ha escrito una crónica muy personal. Éste es el resultado:

 

Las madres se equivocan muy pocas veces.

(No soy más categórico debido a mi aversión a la palabra “nunca”)

Para explicar cómo llegué al encuentro de Clubes de Lectura en Benagalbón del viernes 26 de septiembre de 2014 tendría que hacer un trabajo de minería en el calendario y horadar los días pasados hasta llegar al momento en que surgió el Club de Lectura al que pertenezco, pero esa historia ya es otra distinta a la que me trae a estas palabras, así que empezaré por el mismo viernes y sólo un racimo de horas antes del encuentro:

 

La mañana empezó y las ganas de seguir con la tarea del día anterior llegaron como esas cosas que llegan estando. Me puse manos a la obra y un dedo se me durmió recortando los marcapáginas que íbamos a regalar en el encuentro y que me tocaba recortar. Terminé, me miré en el espejo por si seguía estando ahí el mismo flequillo inexistente, cogí el coche y tiré para la Biblioteca Antonio de Hilaria de Rincón de la Victoria, donde seguí con la misma labor pero con el calor de quienes trabajan en ella. Mientras cortaba el plástico, Carlos, trabajador de la Biblioteca, me habló de Benagalbón y de su ya célebre y longevo Concurso Tradicional de Verdiales. He de reconocer que fue un gran anfitrión, hizo honor a su pueblo inoculándome interés ha2014-09-27 17.16.03cia dicha fiesta (me explicó las diferencias entre los tres estilos de verdiales existentes, entre otras cosas). Al cabo de unas horas, regresé a casa para almorzar, echar un vistazo a la tele, escuchar alguna canción del último disco de Joe Henry y dejar que la inercia jugase su físico papel. Casi en un suspiro ya estaba de nuevo en la Biblioteca para continuar con la tarea que me seguía agrandando sin ni siquiera reparar en ello. En fin, que antes del tiempo que había pensado, terminé con los marcapáginas y sólo me quedaba volver otra vez a casa, ducharme y salir por la puerta dirección Benagalbón. Hice exactamente eso mismo, además de otras cosas, pero unas palabras de mi madre se posaron dulcemente en mi oreja a la salida: “Hijo, disfruta de esta noche que seguro que sale todo bien”. Horas antes había hablado con ella de mi preocupación por la posible lluvia que podía desbaratar el encuentro, pero sus palabras abarcaban mucho más, claro.

Sin más, me encontraba subiendo por la carretera que lleva a Benagalbón, con las nubes de frente y mi madre en el incrédulo pensamiento de su hijo. Aparqué donde pensaba que no se podía asesorado por un hombre que podía ser perfectamente del pueblo, pero que no lo era. He de agradecer la idea de las velas porque, no sé si le ha pasado a más personas pero yo andaba despistado buscando la Biblioteca dirección Plaza de la Iglesia cuando mis ojos se posaron en una velita situada en el suelo, que parecía indicar un camino de ida y que terminó siéndolo para agrado de mi maltrecha orientación. Efectivamente, una vela dio lugar a la otra y ésta a otra y mis piernas acompasadas se encontraban bajando la escalinata hacia la “Plazoleta de la Lectura”. Lo primero fue reencontrarme con mis compañeros del Club de Lectura y lo segundo conocer a Enrique, bibliotecario del pueblo e impulsor Previosdel encuentro, del que sólo conocía su voz, su agradable trato y su frustración por la primera y única cancelación del encuentro. La noche seguía su curso, el cielo lleno de nubes y la recién bautizada plazoleta poco a poco vaciándose de oquedades y llenándose de personas amantes de la lectura, una plazoleta con magia desde la sutil velita a ras de suelo que la anunciaba, hasta las macetas y sus flores, pasando por los balcones con alma saetera, por su decoración “made in Benagalbón People”, por su mínima expresión y por lo cómodo que sin saber nos hacía sentir en su regazo (por lo menos a mí). El encuentro empezó con la puntualidad que se precisa y como buen anfitrión, Enrique nos brindó las primeras palabras. Poco instante quedaba ya para la primera lectura de la noche sobre la Luna (inspirador satélite central del encuentro), que por suerte o por desgracia o porque tenía que ser así le tocó a nuestro Club de Lectura Noctiluca. Las lecturas fueron igual de variadas que las edades que portNoctiluc@s leyendoaban los que tuvieron la oportunidad de leerlas. Hubo textos originales para la ocasión con voces tejidas desde el corazón para el corazón, se leyó y se sintió poesía, se habló del papel de la Luna en la historia, en las leyendas y en la mitología; terminando con la recreación de una canción de Pasión Vega, guinda perfecta para el pastel literario. Y engrasando toda la letra que de aquellas bocas salían, un trío de músicos hicieron de la noche un perfecto hechizo lunar. El tiempo resbalaba por mi piel como lo hace una gota salina de la que no eres consciente, los minutos caían pero mi atención seguía enganchada a quienes leían y representaban a los diferentes clubes de lectura que allí nBonita foto Encuentroos reunimos. Entre lectura y lectura iba compartiendo sensaciones con las compañeras del club que estaban sentadas a mi lado, y coincidíamos en lo bonito y en lo cálido que estaba resultando. Todos y cada uno de los que le echaron el arrojo que hay que echarle para leer o recitar en público pusieron el granito de arena literario suficiente para conformar la playa que nos abrigó a todos los náufragos sedientos de letras que allí fuimos a parar (creo que a esta frase le hace falta alguna coma).

Pero el encuentro no terminó ni con la última palabra leída, ni con la última nota musical entonada, sino que continuó ya en el interior de la Biblioteca con la degustación de todo el aperitivo que las personas que participamos en el encuentro aportamos gustosamente, aperitivo que acabó siendo un manjar custodiado por libros. Se preparó desde la clásica y apetecible tortilla de patatas, hasta patés de elaboración propia, pizzas caseras, carnes en salsa, bocadillitos para la ocasión, rosquillas, bizcochos esponjosos, dulces en forma de luna, etcétera culinaria. Y existieron más platos que no puedo nombrar porque he de reconocer que llegué ya Degustacion en la bibliocuando algunos estaban vacíos debido a la interesante conversación con María acerca del funcionamiento y del ser de sus clubes de lectura, que hizo que me olvidara por esos instantes de la comida que a escasos centímetros teníamos. También tuve la ocasión de conocer e intercambiar opiniones con Carlos, músico que puso el pequeño toque de tambor y platillo al acto, siempre es un placer cruzar palabras con gente agradable y que comparte tus mismos intereses, en este caso la música en general y la batería en particular. El espíritu cultural y colaborativo de las gentes de Benagalbón quedó plasmado en el encuentro y dialogado en la conversación que tuve con Juande, compañero del Club, y su mujer.  Si las lecturas y la música fueron bonitas e enriquecedoras, la cena e intercambio posterior no se quedó ni mucho menos atrás, una fue complemento de la otra, y la noche no se entendería sin la una, ni sin la otra.

Poco a poco avanzaba el camino hacia la madrugada y los que allí nos reunimos íbamos reparando en la partida hacia tierras vecinas o más cercanas aun. Yo me quedé de los últimos con Mari Carmen y Pilar, compañeras del Club de Lectura, rubricando así nuestro buen sentir. Con la despedida y el agradecimiento hacia Enrique pusimos rumbo al coche que estaba aparcado donde pensaba que no se podía aparcar y que nos iba a llevar a nuestras respectivas casas. Ya en el trayecto pudimos cambiar impresiones sobre la noche que estaba llegando a su fin; mientras, unas incipientes gotas caían en el cristal del coche dibujando mágicamente letras que iban conformando las palabras que mi madre me regaló horas atrás. Dejé a Mari Carmen y Pilar en su casa y me dirigí a la mía para terminar el día con un dulce regusto. Aparqué el bólido, saqué las llaves del bolsillo (mi dedo seguía dormido), abrí la puerta de mi hogar y un impulso coloreó mi mente de súbito pulsar; desplegué la tapa de mi ordenador portátil, le di al botón de encendido, esperé un ratito (ya sabemos lo que tarda en arrancar Windows), abrí el procesador de textos y empecé a escribir las primeras palabras que llegaron:

“Las madres se equivocan muy pocas veces”.

Para terminar con una sola:

Gracias.

Víctor.

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